-Cuando Valhalla consuma el mundo, un nuevo astro brillará como el
rayo, y en los cielos titilará distante esperanza.
Tales fueron las últimas palabras del Oráculo de los visionarios,
Paddra Nus Yuul, antes de caer sin vida al suelo, frente al pedestal en el que
reposaba un objeto de múltiples caras que desprendía un intenso fulgor.
La Valedora del Oráculo, que siempre había estado a su lado desde
que nació, bajó la mirada con pesar. Todos los Valedores conocían el trágico
destino de la regidora de la nación de Paddra. Aquélla no era sino una más de
las muertes que sabían que debían aceptar.
Las últimas profecías del Oráculo siempre eran las más
misteriosas. El secreto tras su visión se iba con ella, y tan sólo quedaban las
imágenes grabadas en el sagrado Auspiciador.
Como Valedora, su sombra tenía el deber de recoger todas las
profecías del Oráculo. Tras tomar en brazos el cuerpo inerte de Yuul y
depositarlo en un pequeño altar destinado a tal propósito, la mujer se acercó
al Auspiciador y extendió una mano hacia él.
La Marca de lu’Cie que lucía en el antebrazo se iluminó con
fuerza, y una pantalla de luz surgió sobre el artefacto, proyectando las
imágenes que el Oráculo había grabado en el cristal de su interior antes de
morir.
El Nido donde los demonios de Lindzei vivían, parcialmente
quebrado a diferencia de su lisa cáscara del presente. Una hermosa joven de
cabello rosado en una playa bajo la puesta de sol, después irrumpiendo en un
tren lleno de gente aterrorizada, luchando contra máquinas junto a un imponente
eidolón, engullida por el Caos y llevada al reino de la diosa Etro, envuelta en
una lucha sin fin que culminó en ella convertida en estatua de cristal. Un
chico de ojos verdes y cabello plateado, viviendo plácidamente en una gran
ciudad, después el pánico y el horror en un lugar lleno de cadáveres y
escombros, luchando junto a aquella chica, y cuando ella desapareció,
convertido en un apuesto joven que
construyó enormes ciudades y un planeta artificial.
La sucesión de imágenes finalizó con la visión de aquella
metrópolis y el planeta siendo consumidos por el Caos.
La Valedora del Oráculo no podía alcanzar a comprender qué
significaba aquella profecía. Su protegida se había llevado el secreto a los
dominios de la Diosa.
Tan sólo comprendía una cosa: los destinos de dos jóvenes, nacidos
en el Nido de Lindzei, estaban unidos desde aquel momento. Así había hablado el
Oráculo, y su palabra era la de la divina Etro.
En la tablilla de piedra que reunía las profecías que el
Auspiciador de aquella Oráculo albergaba, la Valedora grabó una última frase:
“Cuando
Valhalla consuma el mundo, un nuevo astro brillará como el rayo, y en los
cielos titilará distante esperanza.”
En cuanto grabó la última letra, una intensa luz envolvió a la
mujer. Al cabo de unos segundos, la Valedora del Oráculo de Paddra se había
convertido en cristal.
Había cumplido su Misión. Las ruedas del destino se habían puesto
en marcha.
Las mismas que, muchos siglos después, unirían a dos jóvenes con
la misma Marca de la mujer que dejó constancia de la voluntad de los dioses,
sus destinos entrelazados más allá del tiempo y el espacio.
Destinados a ser compañeros mucho antes de nacer.
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